Volver

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Cuando nací, la partera, que además era bruja, les dijo a mis padres que en mi otra vida yo había sido mariposa. Y es que en el jardín de la entrada principal cientos de mariposas azules se amontonaron a revolotear sobre los rosales ese día.
Mis padres tenían una hacienda llamada La Coqueta, un lugar con muchas hectáreas sembradas de naranjos. Y a algunos kilómetros de allí estaba “la laguna de las ilusiones”.
Crecí cazando roedores, atrapando luciérnagas, llena de picaduras de mosquitos, y escapándome con Javier, el hijo del capataz, que tenía mi misma edad, a la laguna.

Teníamos alrededor de ocho años y nos encantaba subir a un enorme árbol de mangos para arrancar de las ramas la fruta madura; una vez saciados del gozo de saborear ese néctar, nos despojábamos de nuestras ropas y desde ahí arriba nos aventábamos al agua fresca y dulce. Volvíamos a la hacienda con los pies cubiertos de lodo.
La madre de Javier solía regañarlo por sonsacarme, pero admito que en realidad era yo la que maquilaba las travesuras.
Conforme pasaban los años, Javier se volvía más atento y cariñoso, y yo más caprichosa. En mi cumpleaños número doce también celebramos mi Primera Comunión. Javier me regaló una mariposa de madera que él mismo talló pero torpemente la dejé caer al suelo tan pronto vi acercarse a mi padre con mi nuevo caballo. No recuerdo el rostro de Javier, tal vez decepcionado, porque ni siquiera tuve la decencia de voltear a verlo. Tampoco le agradecí; lo recuerdo ahora que repaso esa ocasión, mientras intento dormir en esta cama fría de hospital, haciendo recuento de mi juventud, repasando los momentos más importantes de mi vida. Con la sola intención de dejarle un buen legado a mi nieta.
Ese mismo año mi padre se postuló para gobernador y nos mudamos a la capital.
Me despedí de Javier con un beso en los labios, mi primer beso. Estábamos a la orilla de nuestra laguna de las ilusiones y le prometí que cada verano regresaría, pero no cumplí esa promesa. Tan pronto llegamos a la ciudad, eché al olvido a Javier y a todos mis recuerdos de aquellos años de inocencia.
Papá solía ir a la hacienda frecuentemente, pero mi madre y yo jamás lo acompañábamos. Julián, el padre de Javier, administraba muy bien los negocios de mi padre, así que cuando lo nombraron gobernador, hasta él dejó de visitar La Coqueta.

Me casé por primera vez a los diecisiete años,  con Ernesto García Buentello. Él tenía quince  años más que yo. Era el heredero del periódico de la ciudad, “un buen hombre” decía mi papá. Pero aquel “buen hombre” todos los fines de semana llegaba borracho a casa; yo solía envolverme en las sábanas y fingir que dormía, o inventaba cualquier otra excusa. Ernesto me soltaba una bofetada para después forzarme a cumplir “mis obligaciones de esposa”.
La familia García Buentello ayudó mucho a mi padre durante su gubernatura, así que más me valía ser agradecida, decía mi madre.
—La ropa sucia se lava en casa.
En pocas palabras no quería saber detalles de los maltratos que me daba mi marido. Para mi buena fortuna el matrimonio duró poco; a los seis años de casados al desgraciado lo mató una prostituta. Ahí lo encontraron, desnudo, tirado en la cama del prostíbulo de Madame Gertrudis. Tres puñaladas bastaron. Entonces Magdalena vino rogando mi perdón por haber matado a mi marido:
—Señito, usted ha sido buena con mi hermanita Teresa, perdóneme—sollozaba la muchacha.
Su hermana Teresa trabajaba de ayuda doméstica en mi casa, tenía solo nueve años. La había salvado de llevar la misma vida de su hermana al ofrecerle un lugar en mi casa.
Magdalena tenía veinte años a lo mucho, enormes ojos negros y la piel canela, era muy bonita la chamaca. Esa vida no la eligió ella, fue su única opción. La miré y me vi reflejada en su rostro, cubierto de mocos y lágrimas, también yo era una prostituta que se había vendido; aguantaba a un hombre que no me amaba y no me respetaba, sólo por el maldito dinero y los méndigos favores que mi padre le debía. Yo era una Magdalena más. Entonces le limpié la cara, le puse otro vestido, la arreglé de modo que nadie la reconociera y le di suficiente dinero para que se fuera lejos y empezara una nueva vida.
—Cuando seas una mujer nueva y tengas algo que ofrecerle a Teresa puedes volver por ella, yo mientras la cuidaré como si fuera mi hija— le dije
Antes de que partiera tan sólo le di las gracias.

Viuda, adinerada y joven. Ya mis padres no podrían volver a mandar sobre mí. Estaba dispuesta a desafiar a esa sociedad que solamente pretendía reprimirme y manejarme a su conveniencia; estaba en deuda con Magdalena, así que adopté a su hermana. La convertí en mi hija y nos fuimos a vivir diez años a Francia.

Volver no se trata de regresar al punto del que partimos, porque aunque volviéramos ya nada sería igual. Las ciudades cambian, las personas cambian, y querer recuperar el tiempo perdido es lo más absurdo que he escuchado.
No podía recuperar mi inocencia perdida, pero aún así decidí volver hacia mi libertad, jamás podría ser de nuevo esa niña de pies sucios y descalzos que corría en calzones y se sumergía de un salto en la laguna llena de ilusiones; sin embargo si podía recuperar mi seguridad, la confianza en mí misma, vivir sin temores y disfrutar la vida. Apenas tenía veintitrés  años, pero ya no pensaba como una jovencita, ya era una mujer y estaba dispuesta a vivir a mi manera, al fin volar libre y ligera, como las mariposas azules que me vieron nacer.

 

 

Primera edición. Enero 2016
© 2016, Sue Zurita
Fotografía: Conce Tosca
© Queda prohibida toda reproducción total o parcial sin autorización del titular de los derechos de autor.
Cuento incluido en la Antología: “Cuentos cortos para tardes largas”. Editorial: Ediciones Kóokay.

2 thoughts on “Volver

  • Me gusto lo de las mariposas porque me encantan!!! … Qué bueno, usaste palabras “Chocas” son muchas historias en una como novela!!!…¡cómo ha cambiado la laguna de las ilusiones! La utopía de tenerla hermosa ahí seguirá….

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