“Los perezosos”

perezosos

Una vez hubo un reino que era muy rico y a la vez muy pobre. Uno se pregunta ¿Cómo es posible eso? Verás, te voy a platicar. Ese reino constaba de apenas cincuenta habitantes, todos vestían camisas de rayas negras y overoles y amarillos. Vivían en un precioso valle. Nunca les faltaba alimento, pues un arroyo lleno de peces cruzaba por allí; los árboles daban frutos deliciosos y bajo sus sombras se resguardaban en los días calurosos. En el invierno estos mismos árboles servían de leña para calentar los hogares y con la lana de sus ovejas se hacían mullidos abrigos y calcetines. Era un reino muy afortunado, pues muy cerca había una mina de la cual extraían oro, por lo que además todos portaban hermosas joyas. Pero cuando digo que era un reino muy pobre me refiero a que su pobreza radicaba en su carencia para valorar lo que tenían, pues estaban tan cómodos con su afortunada vida que nunca procuraron devolver a la tierra todo lo que ella les ofrecía. Un día comenzaron a comerse todos los peces; inclusive cuando ya estaban saciados, seguían comiendo y comiendo. Cortaban los árboles uno tras otro para hacer muebles de todo tipo, muebles que ni siquiera les hacían falta; se llenaron de tantos muebles que ya no cabían en sus casas. Las pobres ovejas empezaron a andar desnudas pues les quitaban toda la lana apenas les crecía. Trabajaron noche y día hasta sacar hasta la última roca de oro de la mina; hicieron joyas pero eran tantas que les pesaba cargarlas, por lo que vendieron algunas a los otros reinos y consiguieron miles y miles de monedas. El rey de ese reino no cabía en sí de la alegría.
—¡Jamás habrá un reino tan rico como nosotros!— les decía al pueblo.
Pero al cabo de un tiempo llegó una terrible sequía, el arroyo ya no llevaba peces y el agua no se podía beber, pues allí iba a parar toda la basura de ese reino. Nadie procuró sembrar árboles, ya no había más frutos ni más sombra. Las ovejas escaparon, tampoco había más lana. Pero el rey les dijo:
—No se preocupen, querido pueblo, recuerden que somos el reino más rico, tenemos miles y miles de monedas, podemos comprar lo que queramos a los reinos vecinos—
Y así hicieron: con sus monedas compraron alimento, telas y hasta juguetes para sus niños. Vivieron cómodos por un tiempo, pero seguían sin preocuparse por limpiar el arroyo o por sembrar árboles. ¡Total! Tenían miles y miles de monedas, pues eran un reino muy rico. Pero un día se acabaron también las monedas. Todos se alarmaron, ahora qué iban a comer, se preguntaban. —No se preocupen, querido pueblo. Recuerden que somos un reino muy rico, tenemos muchos muebles y muchas joyas, podemos venderlas a los reinos vecinos—
Así hicieron y vivieron en desahogo por otro rato más, hasta que se acabaron las joyas y las cosas para vender.
—¿Ahora qué haremos?— le preguntaron al rey.
El rey miró al cielo, se le había ocurrido una idea, UNA GRAN IDEA. Mandó a llamar a las mejores cocineras del reino y les pidió que hicieran galletas de nubes. Subieron la montaña más alta, con una red atraparon trozos de nubes y con ellas hornearon deliciosas galletas.
Al saborear el primer bocado el rey carcajeó, —¡Galletas de nubes, soy el mejor Rey del mundo!— exclamó. Las galletas eran tan deliciosas que a pesar de estar satisfechos siguieron comiendo una tras otra, hasta que de pronto todos empezaron a inflarse como globos y a flotar en el aire. Se inflaron tanto que se elevaron hasta el cielo… Nadie volvió a tener noticias de ese reino, algunos dicen que siguen flotando entre las nubes.
Si un día miras al cielo y ves muchos globos amarillos seguro son los habitantes del reino que te digo.

 

Primera edición. Febrero 2016
© 2016, Sue Zurita
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