Los hijos del sol

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Con cariño para Marisol Méndez Bahena…

Cuenta una leyenda que en el sol existe un reino donde la gente brilla con luz propia y es poseedora de una gran belleza y un hermoso canto. Cada amanecer los habitantes de aquel reino se reúnen en la plaza principal donde danzan y cantan con algarabía, destellando rayos dorados en cada paso que dan, esos rayos se cuelan entre las nubes que como prisma solar transforman los rayos en diversos colores, conforme avanzan las horas el cielo va cambiando gradualmente y así la tierra se ilumina anunciando que ha llegado el alba. Los gallos cantan agradecidos, los girasoles levantan la mirada, los campos de trigo crujen de alegría, los humanos abren las ventanas de sus casas, los jornaleros entusiasmados agradecen por el nuevo día.

Marisol era la hija más pequeña del rey además la más traviesa y curiosa. Desde niña le gustaba subir a la torre más alta del castillo, y a través del gran telescopio observar a los humanos. En su cumpleaños 22 le pidió a sus padres como regalo que la dejaran ir a conocer el mundo, al principio los reyes se opusieron con un rotundo no, pero ella les explicó que su mayor sueño era conocer lugares lejanos, personas especiales, comer comida diferente, aprender nuevos idiomas, que hacer todo esto la llenaría de sabiduría y con todo lo aprendido podría volver a casa e implementar nuevos proyectos para beneficio del reino. Los reyes discutieron en privado la situación, y después de analizarlo decidieron darle la oportunidad a Marisol de perseguir sus sueños pues confiaban en el amor y la educación que le dieron, sabían que en la tierra así como hay cosas buenas, también las hay malas,
—Marisol sabrá elegir sus caminos —afirmó su madre.
Con la aprobación de sus padres, todos despidieron a la princesa que ese mismo día emprendió el viaje hacía la aventura. Cuando Marisol llegó a la tierra iluminó todo lo que tocaba. Pronto hizo muchos amigos, aprendió acerca del amor, la paz, también conoció el llanto, el hambre, la guerra, en algún momento sintió miedo, pero miraba al cielo y sabía que su familia aunque estaba lejos siempre la cuidaría. Enfrentó todas las adversidades y se permitió disfrutar todas las alegrías. Al volver a casa compartió sus bitácoras del viaje. Platicó todo lo bonito que vivió, pero también les habló de las lecciones que aprendió en la tierra. Trajo consigo nuevas telas para hacer diferentes vestidos, semillas para florecer jardines en la plaza, instrumentos para enseñarles que ellos pueden crear nuevas melodías. Despertó en muchos la curiosidad de conocer la tierra. Entonces les habló más de las cosas desagradables que tenían que enfrentar, de no dejarse doblegar,
—Estando lejos de casa me di cuenta que hay que aferrarse más a los principios, a lo que somos, pero sobre todo no rendirse— les dijo.

Se dice que desde entonces miles de personas provenientes del reino del sol visitan la tierra. Algunos deciden quedarse a vivir aquí, incluso tienen descendencia, es por eso que existen personas tan llenas de luz, calor y fuerza, que con su sonrisa inspiran la vida de los que le rodean. Ellos son los hijos del sol.

 

Primera edición. Febrero 2016
© 2016, Sue Zurita
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