En la maleta

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Siempre viajo en la aerolínea más barata, no es que sea muy ahorrativa, pero prefiero despilfarrar mi dinero en otras cosas, por ejemplo, comida. Además, hace mucho que le perdí el miedo a que el avión se desplome. En mi primer viaje hasta temblaba durante el despegue, cerraba los ojos y rezaba un Padre Nuestro.
En los últimos años he viajado por todo el país a diestra y siniestra; me volví una experta en empacar, desempacar, conseguir vuelos baratos, transbordar. No me gustan las despedidas, prefiero imaginar que volveré, aunque sé que un día haré un viaje del que no habrá regreso. Suelo despedirme con indiferencia; mis amigos y familiares me reprochan mis abrazos faltos de efusividad.
Me conozco de memoria el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México. Siempre viajo con 15 Kg. de equipaje de mano, mi vida cabe en una vieja maleta roja. Diez de esos kilos son de libros y el resto de ropa. Puesta siempre llevo la esperanza.

Recientemente un amigo me dijo Ay, Susana, te apuesto a qué nunca imaginaste que vivirías todo lo que te ha sucedido el último año, era un comentario que parecía pregunta, en respuesta sólo sonreí.
A mí siempre me ilusiona llegar al aeropuerto, soy como una niña en un parque de diversiones. Sus baños limpísimos, sus elegantes restaurantes, sus carísimas tiendas de suvenires, sus oxxos pequeñitos. Todas esas cosas que sólo podía ver en los melodramas de la televisión. Cuándo tenía menos de cinco años recuerdo que vivía en un lugar lejano en una casita de lámina y piso de tierra, mi hermana, mi madre y yo, las tres dormíamos en una hamaca. No, en ese momento no imaginé que andaría como boba escribiendo sobre lo mucho que me gusta venir al aeropuerto, algo tan cotidiano y tedioso para algunos.
Me gusta viajar en las mañanas, en jeans, tenis, despeinada y con la cara recién lavada. Camino despacio, pero tratando de no estorbar a nadie, tengo maestría en subir escaleras con la maleta y hacerme a un lado cuando alguien lleva prisa. Me siento en algún rincón a observar a la gente que se despide triste, otros felices; gente que llega preocupada, enojada, eufórica; los divertidos son los hombres de negocios con sus caras largas, y sus malabares entre el teléfono móvil, la computadora portátil, las maletas y los papeles que llevan en la mano ¡Son tan necios!
Antes de continuar el viaje me voy un rato al Wings, pido un pan dulce y un café con leche. Leo el libro en turno y entre ratos levanto la mirada, hay una urgencia en el aire de ir y venir. El mundo es tan grande, me maravillo cada vez que me detengo a pensar en ello.

#SueZurita

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