El Hombre Azul

Hace diez años el Jardín de la Violeta recibió un nuevo huésped, una escultura de 5 metros de altura, llamada El hombre azul. Su creador José Bayro, decidió honrar el trabajo y la transformación constante. Con sus manos fuertes y apasionadas moldeó la dura piedra blanca; mientras hacía esta ardua labor las gotas de sudor se escurrían entre sus dedos y penetraban la porosa roca que de a poco tomaba nuevas formas. A sus pies cientos de trozos de Talavera coloreada en distintos tonos azules, algunas lisas y brillantes, otras blancas con pequeños relieves azules; el escultor tomó pieza por pieza para vestir con ellas a su hijo, fue el calor de sus manos lo que hizo posible que El hombre Azul cobrara vida.
Al terminar su obra el maestro Bayro soltó una lágrima, estaba conmovido
—Hijo mío, nunca olvides que te quiero —le dio un beso en ambas manos y bajó de la escalera.
El hombre azul no era perfecto, no pretendía serlo, sus grietas estaban destinadas para que el agua de lluvia se filtré por todo su cuerpo y permeé el Jardín, como símbolo de vida y progreso.

Al llegar al jardín El hombre Azul fue bien recibido por los otros habitantes; los gorriones posaron sobre sus hombros para cantarle al oído, los árboles inclinaron sus ramas a modo de saludo, las flores más pequeñas suspiraron y en coro le dijeron: Qué apuesto eres, y El hombre Azul se ruborizó por tantos elogios. Pero hubo alguien que no le dirigió la palabra, la rosa roja, que vivía a unos metros de distancia, del otro lado del sendero. Las mañanas siguientes El hombre azul las pasó observando a la rosa, pensando en cómo podía llamar su atención, un colibrí que visitaba con frecuencia el jardín lo notó,
—No me digas que te has enamorado de la rosa
—Ay, colibrí, sí, me he enamorado de esa bellísima flor, me conformo con que un día me dedique una mirada.
—Es mejor que te olvides de esa rosa engreída ella jamás regala una sonrisa.
—Es tan hermosa, si tan sólo tú pudieras ayudarme para llevarle un mensaje… tal vez la puedes hacer cambiar de opinión.
A pesar de no estar de acuerdo, el colibrí no pudo negarse ante aquel hombre enamorado
—Está bien, lo haré. Llevaré tu mensaje.
En cuanto el colibrí se acercó, la rosa le gritó: “Aléjate de mí, vas a maltratar mis hermosos pétalos, qué no ves lo bonita que amanecí hoy”.
—No vengo a beber tu néctar. Ya te conozco cómo eres de presumida. Te traigo un mensaje de El hombre azul, está perdidamente enamorado de ti.
La Rosa soltó una carcajada estruendosa,
—Por supuesto que una rosa como yo jamás se fijaría en alguien como él, es tan grotesco, ni siquiera es de un sólo tono de azul, no sé por qué tanto alboroto con su presencia. —Vociferó tan fuerte que El hombre azul la escuchó.
—Eres insufrible —le dijo el colibrí y se marchó.
El colibrí volvió junto al hombre azul —Lo siento —suspiró.
—No te preocupes, amigo, muchas gracias por intentarlo.
A pesar de tener la admiración de los visitantes del jardín, y el cariño de sus amigos, el corazón del Hombre Azul se sentía acongojado por el desprecio de la rosa, pero aún con su banalidad, la seguía amando.
El verano pronto llegó con sus días soleados, la rosa en esa temporada fue más bella que nunca, y al ritmo del viento danzaba de un lado a otro, sabía que el Hombre Azul la observaba y más se regodeaba.
—Mírenme, soy la rosa más bella de este jardín —le decía a todo aquel que pasaba a su lado.
—Esa rosa es insoportable —le comentó el colibrí al Hombre Azul —Si supiera lo que le espera.
—¿Qué quieres decir, colibrí? —preguntó preocupado el Hombre Azul
—La belleza es efímera, y lo único que importa es lo que llevábamos en el alma. La vida no tiene sentido si se vive sola y amargada. Las rosas nacen, florecen, pero también mueren.  Somos parte de un ciclo inevitable, y lo que importa es lo que hacemos mientras estamos vivos porque ese será el legado que dejaremos, un recuerdo memorable en los que fueron parte de nuestra vida o simple olvido.

Durante el solsticio de invierno un frente frío azotó la ciudad. El silencio reinaba en el Jardín Violeta, los animalitos buscaron refugio entre las ramas de los árboles, quienes con gusto los acobijaron. Algunas flores no resistían el frío y se fueron marchitando, una lágrima recorrió el rostro del Hombre Azul al despedirlas una a una.
—Hasta pronto, guapo —dijo una pequeñita flor mientras se desprendía de ella el último pétalo blanco.
La rosa con arrogancia intentaba mantenerse erguida, pero cada espina titiritaba de frío. Perdió su brillante color escarlata, sus pétalos opacos se cayeron uno por uno. Por primera vez miró al Hombre Azul y con un gesto descortés volteó la cara; comenzó a llover tan fuerte que los pasillos del jardín se inundaron, la rosa se acurrucó y cerró los ojos para no despertar jamás. El siguiente día el sol generoso dejó caer sus rayos sobre el Jardín Violeta, y al cielo un vibrante arcoíris lo engalanaba.

La primavera regresó más feliz que el año anterior, nacieron nuevas flores de todos los colores y tamaños, las ardillas corrían de un lado a otro, los pájaros unísonos cantaron, los árboles estiraron sus ramas y las agitaron.
—¡Despierten, despierten, he vuelto! —gritó contenta la primavera.
El colibrí se acercó a su gran amigo azul.
—¡Te eché tanto de menos! —se dijeron al mismo tiempo.
Donde antes vivía la rosa roja nació un nuevo rosal color violeta, una de ella entornó sus ojos coquetos y le sonrío al hombre azul.
Los viejos amigos se saludaron con alegría y entablaron charla con los nuevos habitantes, recordaron con cariño a los que no se sobrevivieron el invierno, a la rosa roja nadie la mencionó, de ella ya nadie se acordaba. El hombre Azul le dedicó un último suspiro, el nuevo ciclo había llegado y con él, el olvido.

 

Primera edición. Agosto 2017
© 2017, Sue Zurita
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Cuento incluido en la Antología: “Cuentos cortos para tardes largas”. Editorial: Ediciones Kóokay.

 

 

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